Edmundo González nunca quiso serlo
Ayer, siete de septiembre de 2024, muchos nos fuimos a la cama con la noticia de que Edmundo González Urrutia, presidente electo de Venezuela, había partido de forma forzada a España. Otros--probablemente la gran mayoría del país y la diáspora--se enteró hoy. En todo caso, me extrañaba ya el nivel de entrega y compromiso que estaba manteniendo Edmundo González, un hombre que--ya a su avanzada edad--parecía que no estaba dispuesto a ir a una guerra con final incierto.
Recuerdo con extrañeza la evolución de la campaña presidencial de Edmundo González: de un momento a otro, surgían los memes, declaraciones y entrevistas que trataban de despegarle la denominación despectiva de candidato tapa, y creando en sí mismo una personalidad propia e independiente de María Corina Machado.
La estrategia parece haber funcionado (se vio en las urnas); sin embargo, el discurso fabricado terminó cayendo por su propio peso: un discurso de campaña exageradamente dócil y superficial, que evidentemente nos hizo transportar a una realidad paralela hasta el 28 de julio, cuando el CNE anunció (sin ningún sustento), el triunfo de Nicolás Maduro. Parece ser que a Edmundo González lo convencieron con la idea de que podía ocurrir lo contrario. Y lo digo porque pienso que, en caso de no haber sido el hombre "llamado" en las circunstancias, Edmundo González hubiese tenido una nula participación, incluso desde el punto de vista personal, en el proceso.
Es por ello mismo que tomo con serenidad la partida de Edmundo González, y si bien mis pensamientos están con los más de 2 000 presos políticos que no tienen el privilegio de huir del país, considero que quienes más le deben explicaciones al país--y al mismo Edmundo--son aquellos que lo convencieron de que esto sería una tarea sencilla.
Edmundo González simplemente nunca quiso serlo.
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